Fuente:
Brecha
Gabriel Papa*
Martes 12/06/2007
El propuesta de fundación del Banco del Sur genera entusiasmo, pero también escepticismo en líderes políticos, representantes de organizaciones sociales y analistas de la región y más allá. Los desafíos que esta institución tiene por delante son importantes, más aun cuando la entidad nace con el principal objetivo de transformarse en la alternativa al FMI, el BID y el Banco Mundial para construir la gran herramienta financiera de la integración para el desarrollo de los pueblos de la región.
UNO. Se suele afirmar que los gobernantes de América Latina, ante el incumplimiento de alguna de las muchas metas que periódicamente se plantean en materia de integración regional, responden planteando metas aun más ambiciosas. En el reino del "realismo mágico", la retórica sustituye las más de las veces la paciente construcción de instituciones y compromisos de larga duración. Es con esta clase de escepticismo que gran parte de la opinión pública regional, analistas e, incluso, gobernantes han asumido la propuesta de fundación del Banco del Sur.
En la misma línea, pero haciendo gala de menos escepticismo y una mayor dosis de cinismo e intencionalidad política, no son pocos los formadores de opinión que plantean que no se trata más que de otra de las iniciativas del presidente venezolano Hugo Chávez en su intento de concretar cierta hegemonía regional de la mano de los abundantes recursos que obtiene del petróleo. Mientras tanto, el astuto de Néstor Kirchner y los aliados ideológicos Rafael Correa y Evo Morales apenas si se limitan a acompañar y aprovechar la iniciativa del bolivariano. Desde este enfoque, la apuesta más razonable consiste en que el presidente Lula logre minimizar y domesticar la propuesta. Y como se ha constituido en una constante en la actitud del equipo económico del gobierno progresista, Uruguay se enfrenta o mira para el costado cuando se trata de diferenciarse de cualquier iniciativa de envergadura y medianamente conflictiva que provenga de Venezuela. Más si ésta es concebida y/o apoyada por los gobiernos de Argentina, Bolivia y Ecuador.
En el otro rincón se encuentran quienes sistemáticamente reducen la compleja tarea de la integración a una simple operación de adición. A la suma de quilómetros cuadrados de superficie, millones de personas/consumidores, centenares de millones de unidades de toda clase de recursos naturales y productos y miles de millones de dólares de los respectivos PBI, ahora le agregan la suma de los miles de millones de dólares de reservas que tienen los distintos bancos centrales de la región. De esta manera se conformaría el banco que se transformaría en la alternativa al FMI, el BID y el Banco Mundial para construir la gran herramienta financiera de la integración para el desarrollo de los pueblos de la región.
DOS. En todo caso, ¿se justifica una herramienta financiera de la región para, por ejemplo, enfrentar los contundentes efectos negativos que en los últimos tiempos provienen periódicamente de los mercados financieros internacionales, y que se han visto amplificados por la política de desregulación financiera promovida por las instituciones financieras internacionales (IFIs)? Sí, sin lugar a dudas. “La volatilidad financiera de los países de la región se ha visto acentuada por la falta de mecanismos adecuados para proporcionar financiación de emergencia a los países que enfrentan problemas de financiamiento de la balanza de pagos causados por perturbaciones externas. La falta de una red de financiamiento de emergencia en el ámbito regional e internacional ha hecho que los países apliquen una política de autoseguro basada fundamentalmente en la acumulación de reservas internacionales, la que dista mucho de ser la opción más eficiente para protegerse de los vaivenes de la economía mundial. En los últimos años se han intensificado las propuestas de reforma de las instituciones y los mercados financieros mundiales. Sin embargo, en la formulación de estrategias destinadas a perfeccionar los acuerdos financieros globales, se ha subestimado la función que pueden desempeñar las instituciones financieras regionales”, dicen los muy moderados José Luis Machinea (secretario ejecutivo de la CEPAL) y Daniel Titelman (jefe de la Unidad de Estudios del Desarrollo), en una muy atildada nota publicada en la muy razonable revista (número 91) de la muy “económicamente correcta” CEPAL.
¿Es ésta una iniciativa inédita, producto de la mente febril de burócratas ociosos o de la intencionalidad de oscuros políticos? No, de ninguna manera. “De hecho, a partir de la crisis asiática de 1997 ha ido en aumento la demanda de cooperación financiera regional destinada a establecer mecanismos que permitan evitar el estallido de nuevas crisis financieras. Esta demanda se centra en la concesión de préstamos de emergencia, por una parte, y el desarrollo de mercados financieros más profundos y con mayor liquidez, por otra. Entre los ejemplos de intentos recientes en esa dirección se encuentran la Iniciativa de Chiang Mai (Tailandia), que data del año 2000, y en la que se contempla tanto la creación de un servicio de liquidez de corto plazo que opere mediante una red de intercambios monetarios bilaterales, como la iniciativa de crear un mercado asiático de bonos con miras a establecer un mercado de bonos regional plenamente desarrollado”, agrega la moderada publicación.
TRES. ¿Tienen los países de la región razones para intentar construir un fondo financiero, capaz de ser movilizado rápidamente y sin condicionalidades, a los efectos de intentar asistir a los países que en primer lugar sean impactados por nuevas crisis financieras externas? Sí, sin duda, y todos tienen algo para ganar si esto sucede. Por un lado, la gran liquidez internacional ha permitido que los países acumulen reservas, lo que brinda un sustento material a la propuesta, alejándola de la intrascendente retórica. Por otro, la historia reciente demuestra que el FMI en muchas oportunidades ha reaccionado tarde, poco y mal ante los planteos de asistencia provocados por las crisis financieras.
Pero, lo que es mucho más relevante, la evidencia histórica demuestra que el FMI, y las restantes IFIs, tienen su propia agenda de políticas públicas y que éstas no tienen por qué coincidir con las decisiones o necesidades de las economías en desarrollo. Y que es en los momentos de crisis cuando las IFIs, y principalmente el FMI, las intentan imponer, para agrado o desagrado de los elencos gobernantes, pero siempre con mayor grado de firmeza y probabilidad de éxito.
A todo esto, por ejemplo, si Robert Zoellick se convirtiera en el nuevo presidente del Banco Mundial, ¿hay alguna duda sobre la clase de políticas de apertura que habrá de promover quien, desde su anterior puesto en la Oficina de Comercio estadounidense, fue el principal impulsor del ALCA? ¿Es razonable que ésta sea la única visión sobre los parámetros sobre los cuales se debe mover el comercio internacional que debe primar en el Banco Mundial?
Por otra parte, ¿tienen los países de la región necesidades a ser imperiosamente satisfechas en materia de financiamiento de proyectos productivos conjuntos (privados, públicos o público-privados) y/o infraestructura de naturaleza fuertemente rentable, tanto social como económicamente? Sí, por supuesto. Y la propia emergencia de un nuevo actor financiero regional puede, incluso debido a las virtudes de la competencia entre las instituciones, aportar en este sentido.
¿Existe el espacio y la necesidad para intentar desarrollar un espacio financiero regional, diseñando mecanismos que promuevan la emisión de títulos públicos en moneda local, bonos vinculados al crecimiento del PBI o al precio de los productos de exportación? Sí.
Además, ¿sería conveniente promover mecanismos que atenúen el recurso al dólar en los pagos involucrados en el intercambio intrarregional? Sí.
Camino se hace al andar, pero ¿son estas tareas sencillas y carentes de severos riesgos, pasibles de ser realizadas únicamente al influjo de la voluntad integracionista y en oposición militante a las IFIs? No.
Y, finalmente, ¿se puede pretender que una única institución realice todas las tareas anteriormente descritas? No, definitivamente, no.
CUATRO. Algunos elementos prácticos. El Banco del Sur se habría de regir por el principio “un país, un voto”, y el capital integrado no sería, al menos en una primera instancia, de grandes proporciones. Si esto es así, deberá recurrir al mercado internacional para, mediante la emisión de valores, hacerse de los recursos que luego habrá de canalizar en los diferentes proyectos. En el mercado financiero global, bancos regionales como el BID y la CAF disponen del “grado de inversión”, el primero en un matiz superior al segundo, lo que les permite acceder a recursos de largo plazo a tasas de interés favorables. Ello, a su vez, los posiciona favorablemente a la hora de ejercer su tarea de prestamistas. Es una mecánica de esta clase la que deberá aplicar el Banco del Sur, y no sería razonable que prestara a mayores tasas o en peores condiciones que los otros. Lo anterior pretende subrayar que un banco no es un club de amigos políticos y que deberá ser gestionado profesionalmente, aun si el componente político e integracionista constituye, como debería ser, parte integrante de su identidad.
En todo caso, y si pretende hacer honor a su nombre, el Banco del Sur deberá ser mucho más que un mecanismo para canalizar fondos venezolanos hacia una Argentina aún imposibilitada de recurrir a los mercados globales, o una forma de dirigir fondos del mismo origen hacia proyectos localizados en Bolivia y Ecuador. Y su diseño institucional y carta orgánica deberán dar cuenta de ello.
La ventana de oportunidad está abierta y la capacidad técnica y política de los gobiernos de la región felizmente desafiada.
* El autor es economista y columnista habitual del semanario Brecha, Montevideo, Uruguay. Este artículo fue publicado originalmente en Brecha, el 8 de junio de 2007.
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