Fuente:
Rede Brasil
Atila Roque
Viernes 22/06/2007
La renuncia de Paul Wolfowitz a la Presidencia del Banco Mundial no resuelve el grave déficit de legitimidad del sistema de gobierno de las instituciones financieras internacionales, en particular, del proceso de selección de liderazgos del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (FMI). A pocos días de la confirmación de Robert Zoellick como nuevo presidente del Banco, el reclamo por una reforma de la gobernanza de la institución sigue estando sobre la mesa.
La crisis de la gestión de Wolfowitz tiene su origen en un sistema arcaico de selección que en la práctica excluye a la mayoría absoluta de los países miembros de ambas organizaciones y reduce la selección a un acuerdo entre Europa y Estados Unidos, dejando a los primeros la selección del Director Gerente del FMI y a los norteamericanos la selección del Presidente del Banco Mundial.
La deficiencia de este sistema de selección se hizo aun más evidente en ocasión de la designación de Paul Wolfowitz por parte del Presidente George Bush, para desagrado de buena parte de sus aliados europeos. La vinculación de Wolfowitz con los llamados halcones republicanos – la línea dura de ideólogos conservadores cercanos al Presidente Bush, férreos críticos del multilateralismo y de la ONU – no lo hacía recomendable para liderar una organización cuya agenda requiere justamente la capacidad de pensar el mundo más allá de las fronteras de los intereses geopolíticos norteamericanos.
Además, la responsabilidad de haber sido uno de los principales impulsores de la estrategia que condujo a la guerra de Irak representaba una complicación adicional. Todo esto fue ampliamente discutido en la prensa especializada, siendo objeto de protestas de redes de organizaciones de la sociedad civil del mundo entero y motivo de intensas negociaciones diplomáticas frustradas con el objetivo de encontrar un candidato menos indigesto. El episodio del aumento salarial a su compañera sentimental - en clara y espantosa violación de las reglas internas de la institución y de los principios que orientan (no siempre seguidos rigurosamente, por eso es otra historia) sus políticas en los países pobres - fue la gota que desbordó el vaso de disconformidades que se acumulaban dentro y fuera del Banco desde el inicio de la gestión de Wolfowitz.
Por lo tanto, es preciso que el proceso sucesorio retome el debate interrumpido acerca de la necesidad de revisar sobre la base de criterios más amplios el proceso de selección del Banco Mundial y el FMI. Sin esto, ambas instituciones caminarán a un ritmo aún más veloz hacia una crisis de legitimidad que las dejará aún más incapacitadas para actuar como fuerzas moderadoras de las finanzas internacionales. Las recientes declaraciones de ruptura con estas instituciones realizadas por Venezuela, la creación de bancos regionales y la creciente independencia de los países en desarrollo en relación a los recursos concedidos por estas instituciones ya apuntan claramente en esta dirección.
El proceso actual es arcaico y no refleja los cambios acontecidos en el mundo en los últimos cincuenta años. Incluso las reglas formales no son cumplidas en la elección del Presidente del Banco Mundial, en la medida en que el "pacto de caballeros" entre Europa y Estados Unidos anula el papel del propio Directorio Ejecutivo del Banco, integrado por representantes de los accionistas, es decir, los países miembros, en el proceso de selección.
La renuncia de Wolfowitz debería ser aprovechada para plantear una discusión más amplia sobre los mecanismos de gobernabilidad y transparencia del Banco Mundial, respondiendo a desafíos en por lo menos tres frentes cruciales. En primer lugar, rescatar el papel activo del Directorio Ejecutivo del Banco en el proceso de selección. El actual pacto entre Europa y Estados Unidos anula el poder del Directorio en favor del Presidente, el cual responde principalmente a los intereses hegemónicos de Estados Unidos. Esto se tornó indiscutible durante la breve gestión de Wolfowitz. En segundo lugar, la actual composición del Directorio Ejecutivo y el poder de voto de cada país debe ser revisado a fin de aumentar la influencia de los denominados "borrowing countries" (países prestatarios), es decir, de aquellos que reciben los préstamos. La naturaleza de un Banco Multilateral y el empleo de recursos públicos para su mantenimiento requiere un modelo de gestión que no sea simplemente el reflejo del poder de inversión de cada país. Este es un debate que los gobiernos y las organizaciones de la sociedad civil vienen entablando desde hace tiempo y son innumerables las propuestas colocadas sobre la mesa a este respecto. Finalmente, se necesita una mayor transparencia en los procesos decisorios dentro del Banco. Las deliberaciones del Directorio Ejecutivo y los votos de los países miembros deben ser debidamente divulgados para que sean objeto de fiscalización pública. Brasil, como uno de los países miembros del Directorio Ejecutivo, no debería ser dejado fuera de esta discusión.
* Miembro del Colegiado de Gestión de INESC y de la Secretaría Ejecutiva de Rede Brasil sobre Instituciones Financieras Multilaterales.
Este artículo fue publicado originalmente en portugués en el sitio de INESC.
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