Las Instituciones Financieras Multilaterales y la crisis de los alimentos
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Fuente: Esplar - Rede Brasil
Magnólia Said
Jue 18 Sep 2008

La crisis alimentaria que vive hoy el mundo es el resultado, tanto de la presión por un modelo agrícola llamado "Revolución Verde", iniciado en los años ‘50, como de la liberalización comercial y las políticas de Ajuste Estructural impuestas a los países pobres por el FMI y el Banco Mundial a partir de los ‘70s. La "Revolución Verde" fue reforzada por las reglas de la OMC a partir de 1990 y, más recientemente, profundizada por una avalancha de Acuerdos Bilaterales de Libre Comercio y de Inversiones.

Para tratar la relación entre la crisis alimentaria y las instituciones financieras voy a comenzar con cuatro datos importantes que nos invitan a reflexionar sobre el estrecho vínculo que guardan entre sí, lo económico, lo político, lo social y lo ambiental.

1. Hoy tenemos 845 millones de personas con hambre y en 2025 serán mil doscientos millones. De estos 845 millones, el 80% son agricultores/as familiares (FAO)

2. La agricultura familiar en Brasil representa el 70% de los alimentos que llegan a nuestra mesa y la mayoría de la fuerza de trabajo agrícola es femenina. Las mujeres son responsables por la mayor parte de la producción de alimentos en los países pobres y en países con déficit alimentario.

3. El 50% de la población del Estado de Ceará vive en situación de inseguridad alimentaria.

4. A fines de 2007 Ceará fue el Estado que más pedidos de financiamiento presentó a los bancos internacionales a través de la Secretaría de Asuntos Internacionales (SEAIN) del Ministerio de Planeamiento, Presupuesto y Gestión. Son 16 proyectos aprobados para el Estado (9 ya en ejecución) y 4 solicitados por la Prefectura de Fortaleza.

Es en este contexto que el hambre retoma centralidad en la agenda política del país y del mundo. Sólo nos volvemos a preocupar por ella porque la crisis alimentaria en EE.UU. pasó a tener visibilidad.

Desde entonces, vuelven a escucharse las opiniones consideradas tanto de la ONU como de la FAO, cuando critican a los agrocombustibles como solución para las personas en situación de pobreza. Al punto que, en abril, el Relator Especial de la ONU, además de haber dicho que la producción en masa de agrocombustibles representa un crimen contra la humanidad, culpó a las políticas aberrantes del FMI por la crisis de los alimentos.

¿Por qué responsabilizan a instituciones como el FMI?

Podría decir simplemente que las instituciones financieras son responsables porque sus políticas contribuyeron a destruir las culturas de subsistencias, a cambio del desarrollo de las culturas de exportación, que serían destinadas a reducir la deuda externa de los países. Pero sería muy superficial.

O entonces, asumir la explicación dada por muchos: gobiernos, intelectuales, académicos, ONGs, de que la crisis es el resultado de la sequía, del crecimiento de China e India, de las tierras que están siendo desviadas para la producción de agrocombustibles. Allí estaríamos en el plano “no hay otra alternativa”.

Pero lo que no se ha dicho, y se mantiene fuera del debate público, es algo mucho más importante. Lo que no se ha dicho, también tiene que ver con todas estas cuestiones, porque éstas suceden también por la acción de aquellos que determinan tanto las finanzas como para donde debe caminar el desarrollo mundial.

Lo que no se ha dicho es que la responsabilidad de esta crisis es del FMI, el Banco Mundial, la OMC, el BID y las grandes corporaciones que tienen sus tentáculos en los poderes Ejecutivos, Legislativos y Judiciales de los países. Si consideramos el caso del continente latinoamericano, y quisiéramos ser aun más precisos, podemos decir que los bancos públicos nacionales también han sido responsables por la crisis alimentaria. Así, se podría citar al Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social de Brasil (BNDES), que hoy es un banco con actuación cada vez más transnacional, por el tipo de inversiones que ha hecho en los países del continente.

Pues bien, la crisis alimentaria que vive el mundo es el resultado, tanto de la presión por un modelo agrícola llamado "Revolución Verde", iniciado en los años ‘50, como de la liberalización comercial y de las políticas de Ajuste Estructural impuestas a los países pobres por estas instituciones a partir de los ‘70s. La "Revolución Verde" fue continuada por el FMI y el BM, reforzada por las reglas de la OMC a partir de 1990 y, más recientemente, profundizada por una avalancha de Acuerdos Bilaterales de Libre Comercio y de Inversiones.

Estas instituciones, a través de sus contratos de préstamos y acuerdos de libre comercio, llevaron al desmantelamiento de varios instrumentos que los países en desarrollo y los países pobres habían creado para proteger su producción agrícola local. Con la eliminación del control del Estado sobre las inversiones y el comercio, estos países expandieron sus mercados y ampliaron su concepción de mercadería, atribuyendo valor monetario a todo lo que debería ser un bien público. Estos países fueron forzados a abrir sus tierras al agronegocio global, a los especuladores y a las exportaciones de alimentos subsidiados de los países ricos.

Las tierras cultivables de estos países dejaron de producir para los mercados locales de alimentos, en favor de la producción de commodities globales o de cultivos fuera de estación y de alto valor para los supermercados de los países ricos.

Hoy casi el 70% de los países en desarrollo son importadores de alimentos.

Es claro que esto benefició a algunos, en tanto otros sufrieron un aumento de la desigualdad y de la exclusión. Es decir, el impacto llegó a los países pobres con déficit alimentario, los que se vieron afectados por la política de exportación de sus productos y por una reducción de los recursos destinados al desarrollo de la agricultura.

Si sumamos a todo esto la industria de la Deuda creada por los mercados financieros sin ningún control, todo queda más claro.

Para este problema existen soluciones tanto en el campo de la llamada Ayuda Humanitaria como aquellas que mantienen las bases del modelo. Pero no es esto lo que nos interesa. Sino que el precio del trigo subió 130% el año pasado, los costos del aceite de cocina, las frutas y las legumbres también se dispararon en 2007, el precio del arroz sólo en los 3 primeros meses de 2008 se duplicó en Asia, se han producido varias protestas del pueblo por comida en las calles, lo que está obligando a los dueños del poder, por temor, a reclamar más ayuda alimentaria, y países exportadores de cereales están cerrando sus fronteras para proteger sus mercados...

¿Será que éstas son apenas señales de una crisis alimentaria? ¿La situación es momentánea? O ¿será que estamos frente a una crisis estructural, resultado directo de tres décadas de globalización neoliberal?

¿Como es que existe tanta gente pasando hambre si en 2007 la producción de cereales en el mundo fue récord? Fueron 2,3 billones de toneladas de cereales. En verdad, hay mucha comida para alimentar a la población del mundo. El problema es que ella no llega a quien la necesita. Y la lógica perversa del sistema nos hace permitir que la comida que sirve para alimentar a las personas sea transformada en commodities para la especulación.

Frente a tantas amenazas al mercado de alimentos, cada gobierno ha buscado protegerse. Argentina disminuyó su exportación de trigo, China, India, Indonesia y otros, prohíben/restringen la exportación de arroz. De ahí que los países que necesitan no pueden comprar más porque los precios están muy altos.

Pero, durante años, el FMI y el Banco Mundial dijeron a estos países que un mercado liberalizado sería el sistema más eficiente para producir y distribuir alimentos.

El caso de Haití es ejemplar. Hace algunas décadas, Haití era autosuficiente en arroz. Entonces, el FMI, el Banco Mundial y el BID llegaron con préstamos y muchas condicionalidades. Entre ellas, forzaron al país a liberalizar su mercado, para facilitar la entrada de arroz barato de Estados Unidos, apoyado por subsidios, terminando con la producción local. Resultado: los precios del arroz subieron 50% en relación al año pasado y la población tanto pobre como media, no puede hacer frente con a este costo.

En Filipinas sucede lo mismo, con el fin de la dictadura en 1986, entraron los bancos a presionar al nuevo gobierno para dar prioridad al pago de la deuda. Por tanto, el servicio de deuda se convirtió en prioridad en el presupuesto nacional, lo que llevó a un descenso en el gasto en agricultura. Pero esto no tenía la menor importancia para el Banco Mundial, porque uno de los objetivos de presionar por la reducción de inversiones en agricultura, era dejar que el sector privado entrara cada vez más en el campo. Entonces, el corte en el presupuesto para la agricultura es seguido por la liberalización comercial, Filipinas entra en la OMC, lo que resulta en la inviabilidad de la agricultura local, pues el país pasa a ser invadido por importaciones baratas.

En este período, el Banco Mundial aseguró constantemente al gobierno, y lo hizo hasta el año pasado, que la autosuficiencia en arroz no era necesaria y que el mercado mundial cuidaría de las necesidades del país. Ahora, el gobierno se desespera, pues el abastecimiento interno de arroz está casi acabado y el gobierno no puede importar todo lo que necesita porque los comerciantes piden un precio muy alto. El país, de ser exportador, fue transformado en el mayor importador mundial de arroz.

Experiencias como estas se repitieron en un país tras otro.

Del mismo modo, la crisis alimentaria de México sólo puede ser entendida volviendo a los años ‘80, donde se inició el proceso de transformación del principal productor de maíz en una economía importadora de ese grano, en función de las políticas de libre comercio promovidas por el FMI, el Banco Mundial y el gobierno norteamericano.

México, uno de los mayores deudores del mundo, al entrar en crisis fue obligado a recurrir a préstamos del Banco Mundial y el FMI para pagar el servicio de su deuda con los bancos comerciales internacionales. El precio del rescate fue un intervencionismo sin precedentes en todos los ámbitos que estas instituciones identificaron como barreras a la eficiencia económica. La situación fue peor aun para la agricultura cuando entró en vigencia el Tratado de Libre Comercio de América del Norte en 1994.

En los países del continente africano, con altísimas deudas en relación a estos bancos, en general, las poblaciones ya perdieron la esperanza hace mucho tiempo.

Las personas son pobres pero inteligentes, entienden muy bien que es lo que pasa. Los paraísos africanos de recursos naturales están siendo, como siempre fueron, usurpados por los blancos, ricos y poderosos, con la connivencia de las personas negras que consiguen entrar en el circuito y obtener su parte de la “torta”.

Con la esperanza perdida, además de provocar revueltas en las calles, estas poblaciones han cambiado su actitud. En Mozambique, por ejemplo, comenzaron a secuestrar a extranjeros que se creen con todo el derecho de salir a correr antes de ir a sus lujosas oficinas, en tanto la población deambula por las calles viejas y sucias de Maputo. Están pidiendo 100 mil dólares de rescate. ¿Es mucho? Entiendo que no. Ese es el valor mínimo que las organizaciones de la llamada Ayuda Humanitaria obtienen de los gobiernos ricos, considerando además que, poco de ese monto llega de hecho a hacer alguna diferencia.

Pero como esa situación de resistencia activa tiende a descontrolarse y esto no es bueno para el capital, los bancos comienzan a presentar sus planes para contener la crisis alimentaria mundial y movilizar los fondos necesarios para amortiguar la lucha por la recuperación de los derechos.

El Presidente del Banco Mundial, Robert Zoellick, manifiesta que es urgente y necesaria una acción inmediata para reducir los precios de los alimentos y conseguir comida, pero para ello propone: más liberalización comercial, más tecnología y más ayuda. Es decir, nada nuevo y nada que permita enfrentar el problema estructural. Zoellick además critica el proteccionismo diciendo que afecta los beneficios de la globalización.

En mayo de 2008, el banco anunció un paquete global de U$S 2 mil millones en apoyo a los países más afectados por la crisis. Pero en 2007 el banco destinó sólo a agrocombustibles U$S 10 mil millones.

El BID propone una contribución financiera para las personas vulnerables, apoyo a programas de alimentación y más exportación.

El hecho es que, en lugar de proponer cambios en el modelo de producción y consumo como medida de superación de la crisis alimentaria, estos bancos continúan con la misma política de mercado, lo que genera aun más endeudamiento. Una política que aplican también en el caso de Brasil, los gobiernos Federal, Estaduales y Municipales.

Recientemente, el BID propuso pasar de U$S 450 millones a U$S 800 millones los préstamos para la agricultura en Africa. En mayo este banco anunció una nueva línea de crédito de U$S 500 millones para países de América Latina y el Caribe para combatir los efectos de la crisis de alimentos y, al mismo tiempo, aprobó U$S 3 mil millones en proyectos privados para producir agrocombustibles, en especial en Brasil.

La ironía es tanta, que el presidente del BID propone que el banco sea el promotor de una globalización inclusiva y sustentable.

Pero, mientras muchos pasan hambre, pocos ganan mucho dinero a costa de esta hambre.

Las corporaciones que controlan toda la cadena de alimentos (Cargill, Bungue, Monsanto, Syngenta) están construyendo verdaderas fortunas con la crisis alimentaria. Estas ganancias son resultado directo del poder extremo que acumularon con la globalización del sistema alimentario, a través de las reglas comerciales que controlan, y del control de los mercados y del sistema financiero que opera en el comercio global.

Para finalizar: ¿es posible cambiar esta red de acumulación y poder? Sí, pero es necesario coraje, pues la vida, para ser vivida en su plenitud, a partir del respecto a los derechos fundamentales… la vida pide coraje.

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